Armando Martínez de la Rosa

¿No más cerros?

Les platicaré un asunto personal pero relacionado con la caza y los montes.

Parecía que al viejo cazador le había llegado el fin de las cacerías en cerros que hay que escalar con esfuerzo. Ni modo, qué le vamos a hacer.

Eso inferí cuando el doctor diagnosticó rotura del ligamento cruzado anterior, daños en los ligamentos laterales -o como médicamente se llamen- y desgaste del menisco de la rodilla izquierda.

-Hay que operar- dijo en rápida conclusión el joven doctor luego de ver una radiografía de la rodilla dañada y haber auscultado al tacto esa articulación. Me dio el precio. Y sube tanto más si en la cirugía se encuentra “algo” adicional que reparar, me advirtió.

-Déjeme pensarlo- respondí. Salimos de la consulta.

Investigamos. Nos enteramos de que los ligamentos y mecates tales de las rodillas no aparecen en una radiografía, sino en resonancia magnética que el doctor consideró innecesaria porque su diagnóstico al tacto apuntaba a operar y a cuesta tanto y tanto más.

Pasé por la resonancia magnética, un largo rato metido en un enorme cilindro que al trabajar truena como si estuviera uno en medio de una herrería en el frenesí de la fragua y los martillazos.

Al salir del cilindro, una amable señorita me preguntó si había dormido. Un poco, le contesté mientras pensaba si alguien puede dormir bajo la tormenta de truenos que es la resonancia magnética, bendito método que sin embargo da imágenes que permiten diagnósticos acertados.

Otros doctores especialistas vieron esas imágenes. [Yo las veo y no entiendo ni progenitora], incluido uno de ellos en Europa vía videoconsulta. Coincidieron: el ligamento cruzado tiene daño, pero no se ha roto; y los ligamentos laterales tampoco. El menisco es reparable sin operar.

Fuimos a una clínica de rehabilitación física en Colima. El doctor, también especialista, vio las imágenes de la resonancia, aplicó ultrasonido y me explicó imagen por imagen lo que me sucedía. Entendí las explicaciones verbales del doctor, pero con las imágenes me quedé como venado lampareado: no vi nada claro.

Inicié la rehabilitación. A la tercera sesión volví a caminar casi con normalidad. Continuaré el tratamiento. Regresaré a la alberca. Comencé trámites para obtener el permiso de transportación de armas para la siguiente temporada de caza.

Tal vez no vuelva a jugar futbol, pero sí ascenderé cerros y caminaré montañas. El cazador sigue vigente y el alma se alegra. De paso, me ahorré una buena cantidad de dinero al evitar la cirugía.

Así que en octubre próximo, si Dios quiere, retornaré con mis amigos a los cazaderos de huilota, el ave que abre la temporada. Poco después toca a los patos. En seguida, el jabalí. Y en diciembre arriba el rey de los montes, el fantasma de las montañas, el casi etéreo venado. Si las cosas continúan como hasta ahora, tantas veces iré por uno hasta que Dios lo conceda y la suerte me favorezca.

Andaré de nuevo los senderos angostos, los grandes, escultóricos árboles y el sotobosque, los arroyos leves y limpios, los mansos, serenos ojos de agua, los generosos comederos de mojo, peinecillo, clavellina y tamarindillo, las zacateras naturales. Esos lugares por donde transita y se alimenta el fantasma de los bosques, el ciervo de cola blanca.

Y alzado en lo alto miraré otra vez las noches de los cerros, las estrellas que me recuerdan la ínfima dimensión humana y los meteoritos que pasan tan de prisa ensimismados en sus asuntos cosmológicos.

Cuando recibí el primer diagnóstico de la rodilla, casi me había resignado a cazar sólo en terrenos planos, en el más optimista de los casos. Y sí, ahí también hay venados. Pero ninguna cacería -para mi gusto y sólo respondo por el mío-, ninguna, se compara con el acecho en las elevaciones desafiantes de las montañas, en la cautivante profundidad de los cerros, en las altas soledades de este Colima nuestro de cada día.