Armando Martínez de la Rosa
Uno no sabe nunca nada
1.- En la cinegética, se le llama campear a la acción de caminar el cazador con el mayor sigilo posible por caminos, senderos, veredas, cañadas, lomeríos, cerros y montañas a la búsqueda del encuentro con la presa.
Practiqué ocasionalmente esa modalidad más por curiosidad que por conocer la técnica que es muy sencilla y asaz difícil a una vez: caminar silenciosamente, con el mayor sigilo posible y dar pasos medidos con pisada amortiguada para evitar el ruido que es propio del andar, y más cuando se pisan hojarasca y guijarros.
2.- Sí, campear es el arte del silencio, aunque a veces se le rompe por voluntad y aún así da buenos resultados al cazador. Eso me ocurrió más de una vez. Había salido del rancho de un amigo -en lo alto de un cerro elevado, cerca de la costa- a campear una mañana después de beber café y comer un pan.
Caminé con cuidado bajo un encinar sombreado, con escaso sotobosque y apenas un leve, ralo zacatal. Minutos después lo hice al descuido, como si caminara en la banqueta de la Madero.
Anduve unos cien metros y de pronto, en la planicie del cerro, apareció una pareja de venados. Me vieron y desaparecieron. Salté un lienzo de alambre y supuse que los ciervos aparecerían detrás de un cimborrio de tierra de unos 4 metros de alto. No fue así. Uno de los bichos tomó rumbo de regreso, por la vereda a una barranca, y el otro dio la impresión de internarse en el bosque de encinos. Los di por perdidos, pero no me rendí.
Me interné en el sotobosque, caminé -ahora sí- con sigilo, levemente dado cada paso. Pronto, uno de los ciervos salió corriendo bajo el encinar, en terreno más o menos despejado a la vista. Lo vi. Corría dando altos y largos saltos. Brincó dos series y a la tercera ya lo esperaba con la escopeta encarada.
Más tarde, el almuerzo en el rancho fue hígado y un lomo de venado asado.
3.- Con mis amigos, tiraba a la huilota en un sorgal. Muchas aves esa mañana. Noté que cuando se sentían muy hostigadas, las bandas volaban hasta atrás de una loma bajita. Decidí explorar y allá voy por detrás de la loma. La rodeé al pie, no trepándome.
Detrás había una brecha ancha, oculta, bien transitable a pie. Estaba el camino hinchado de soledades: hojarasca de semanas, ramas que el viento amputó a los árboles, una sensación sombría y silente. La pared que formaba la loma y los altos árboles de ese bosque dejaban poco sol al camino.
Casi a la mitad del trayecto, me detuve. Este terreno es venadero, pensé. Me senté a observar mientras cambiaba los cartuchos de mi escopeta. Guardé los de munición de huilota y le coloqué los de posta de venado, del doble 0. Me convenía quedarme ahí, observando, aguardando, bajo el filosófico lema socrático de “sólo sé que no sé nada”, que el gran Álvaro Carrillo convirtió en hermoso bolero: “Uno no sabe nunca nada…”, que traducido a su vez al lenguaje cinegético significa un “quédate aquí, baboso, no busques en otro lado, porque no sabes si precisamente por este lugar te va a salir el venado”.
Esa mañana, en esa brecha perdida y aterida de soledades, comprobé que Álvaro Carrillo y Sócrates tenían razón. El venado salió. Lo vi de pronto entrando a un zanjón de la colinita. Levanté la escopeta y ya sólo me mostraba una porción de lomo que desapareció de inmediato. Fue error mío. Debí mirar a tiempo en dirección de donde venía el bicho. Cuando lo miré ya el tiempo de disparo se había agotado. Con sigilo, el máximo posible, subí a la colina a seguir el paso del ciervo. En esos terrenos, el bicho lleva amplia ventaja. Llegué a la cima, busqué rastros, no los hallé y bajé rápidamente al llano por la otra cara de la colina, donde me esperaban mis amigos que ya habían terminado de tirar a la huilota.
