Armando Martínez de la Rosa
A veces la vida…
Es cierto. A veces la vida, que suele ser poco caritativa, y es dura y cruel con frecuencia, te regala momentos gratos para no olvidarse. La memoria se nutre de esos jugos de la felicidad.
Ahora que El Bicho ha puesto a rodar al mundo por su intempestiva salida de la selección de Portugal, he recordado uno de esos detalles con que la vida me ha obsequiado en ocasiones.
Convalecía en Lisboa de una cirugía exitosa hecha con una técnica de vanguardia y mucho más barata que la misma intervención, aunque con menos avances tecnológicos, en México. El doctor ordenó reposo de una semana. Y ahí estaba yo recuperándome, casi inmóvil, asustado todavía. Nunca me habían operado antes de esa ocasión.
“Hay boletos para el partido de Ronaldo”, mañana. “Partido de Ronaldo”, dijo ella. No de la selección de su país -el país de ella y de CR7-, no, partido de El Bicho. -Deben ser muy caros, dije, porque se trata de eliminatorias al Mundial-. -28 euros- replicó ella. Y los compró en línea.
De momento, no lo pensé mucho. Luego reflexioné sobre el precio. ¿28 euros, unos 600 pesos mexicanos, por ver jugar a CR7 contra Irlanda en una eliminatoria mundialista? Una ganga. Un precio por debajo de los aplicados por la “benemérita y decentísima” Liga Mx en partidos contra el insomnio.
-¿No será un fraude?- le pregunté. Indagó la reputación del sitio web. Parecía confiable. Lo era. Al rato llegaron las entradas al celular. Faltaba la autorización del doctor. Me preocupaba porque imaginé que el estadio se iba a llenar como se llenó y que habría tumultos en los alrededores, en el metro, el caos en los accesos. Y ese ambiente triturador de las multitudes iba contra las indicaciones de reposo.
-¿Ya tienen los boletos?- preguntó el doctor con una cierta risa leve. -Sí, los tenemos- respondió ella. Como resignado a que de todos modos iríamos, recomendó no caminar de prisa, evitar tramos cuesta arriba (en Lisboa, eso sólo se logra volando o caminando las calles en picada), etcétera.
Para evitar el riesgo de las multitudes del metro, nos fuimos en taxi dos horas antes del inicio del partido. Ella proponía media hora, con su mentalidad horaria de precisión del primer mundo. Ganó mi propuesta con el argumento de mi experiencia en estadios de al menos 3 países.
La sorpresa. No había tumultos ni desorden ni caos. Por lo contrario, los aficionados portugueses se movían con tranquilidad, asaz civilizados, comiendo en los puestos limpios y ordenados de alrededor y de los carritos de castañas al fuego. -Pruébalas- me dijo ella. No me gustaron, tienen la consistencia del queso y saben no a queso sino a raíz del árbol más triste del mundo, pero tuve que terminarme toda la bolsita antes de entrar al estadio. Los accesos, en orden, como todo lo demás.
Cuando El Bicho tomó el balón para patear el penal que le daría la ventaja a Portugal, mi imaginación me llevó a bajar de la tribuna al área grande de la cancha, aproximarme a Ronaldo a decirle casi en secreto: “Bicho, viajé más de 10 mil kilómetros y estoy aquí para verte jugar por tal vez la única ocasión en mi vida. Por favor, no falles el penal, no lo falles”. Lo falló. Portugal 1, Irlanda 1.
Sí, fue la única vez. Habría tenido una segunda oportunidad este año, pero regresé antes y me perdí el de Portugal contra Gales hace 8 días.
Cuando el año pasado, en aquel juego contra Irlanda, el sonido del estadio anunciaba la alineación de Portugal, todos los jugadores eran aplaudidos y un poco más ese genio de la velocidad mental y de piernas que es Vitinha. Y cuando llegó el turno de Cristiano Ronaldo, el poderoso clamor del público por su ídolo inundó la cancha, las tribunas, el aire de la noche, los vientos lo llevaron al Atlántico, luego al Pacífico y cuando terminó de darle la vuelta al mundo, subió de prisa a la luna y hoy, un año después, es hora de que continúa su viaje a las estrellas tratando de alcanzar al batallón de clamores por Ronaldo que comenzaron a subir antes al espacio. En su país, Ronaldo es la cumbre de la patria, el segundo después de Dios. Esa jerarquía no la entendió el actual entrenador de Portugal.
P. D. Si no es mucho pedir y como Sabbath es, sobre todo, una columna de caza, le solicitaré a la vida otro regalo, por si me lo concede: que la Defensa Nacional me entregue pronto el Permiso Extraordinario de Transportación de Armas. Ya cumplí los mil y uno requisitos que la burocracia militar exige, ya pagué los carísimos derechos por ese documento. ¿Es mucho querer de la vida?
