Armando Martínez de la Rosa
El lenguaje nocturno de los montes
En los montes, la noche habla. Tiene idioma propio. Se aprende con el tiempo y no hay maestros para enseñarlo. Uno lo comprende por sí mismo, en largas lecciones que reclaman atención permanente.
Es un lenguaje de brevedades, de vocablos aleatorios que aparecen de pronto y se van esparciendo en el bosque cuando el viento los carga a lomos porque tal es una de sus funciones, comunicar en clave para quien quiera escucharlo y trate de comprenderlo.
Con los años, muchos años, décadas de oyente, el cazador entiende ese extraño, dulce, intempestivo lenguaje de los animales, a veces bronco. Puede ser el canto de un búho vuelto de pronto de leve a nostálgico. ¿Por qué cantan los búhos, si su voz delata su presencia y alerta -supongo- a las presas, a los indiscretos, hiperactivos ratones o a los somnolientos pájaros que pueblan otras ramas? Vuelvo a suponer: el canto provoca el escape de los bichos y entonces la lechuza los ubica, el siguiente paso es la aproximación y el último el ataque al que precede el vuelo silente. Eso lo imagino, no lo sé de cierto, y es probable que la lógica del depredador sea otra muy suya y el canto resulte, acaso, invitación de su especie al amor nocturno. ¡Cómo saberlo!
Al andar por el bosque, en el piso del sotobosque, los bichos emiten ruidos. Ni siquiera los sigilosos venados pueden suprimirlos por mucho que sea su proverbial cuidado, la pezuña puesta sobre la huella anterior para amortiguar el sonido uno de sus gestos. Poco a poquito anda el rey de las levedades, ese mismo que puede correr para desaparecer en unos pocos instantes cuando la emergencia apremia. Con todo y su cautela, el venado se equivoca a veces. No hay criatura a salvo del yerro. Sólo Dios no se equivoca porque no es criatura.
La pisada del tlacuache se parece mucho a la del ciervo. La diferencia está en el descuido al desplazarse, lento pero pesado. Ambos andares, el del marsupial y del ungulado, son como palabras cuyo sonido se asemeja a otros pero significan objetos, hechos, acciones bien distintas una de la otra. De tales sutilezas se alimenta el oído del cazador para acrecentar sus habilidades. Lecciones del tiempo, la paciencia y la voluntad de entender.
Hay semejanza con los felinos, el puma, el jaguar, el ocelote. Ellos entienden el idioma del monte nocturno. Acechan, esperan, van trazando en su cerebro el camino de la presa, ruido a ruido, y a veces traducen los aromas -parte del lenguaje montés- cuando el viento, de nuevo ese comedido comunicador, los lleva a sus narices. Son los olores palabras silentes.
Deleita la noche al cazador atento en su baluarte. Él, como el felino, espera, acecha, escucha y a veces, muy de vez en cuando, olfatea, por mucho que los aromas no sean su territorio preferido. En el otro extremo de la levedad, esa misma noche puede traer otros sonidos y, con ellos, múltiples imágenes. En ocasiones, se escucha un derrumbe, el estruendo de rocas que han perdido el frágil equilibrio de las laderas y el inmenso ruido rompe quietudes, fractura somnolencias y desata la imaginación.
Recién comenzada la temporada, en otoño, los arroyos llevan todavía un caudal de ruidos, las voces del agua. Para el cazador, es un estorbo. Puede resultar agradable, arrullador, si uno estuviera en el confort de la ciudad. En la noche de los montes, impide percibir el lenguaje de los animales, salvo cuando están ya muy próximos, por ejemplo, cuando un venado baja a abrevar. Y eso deja al cazador unos pocos segundos para reaccionar.
Hay también un lenguaje de luces, ajeno a la caza. Los meteoritos transcurren ardiendo su vida breve por el cielo para morir luego en otras oscuridades lejanas, inaccesibles. Esas frases las leen los ojos como quien escucha voces distantes.
Ha ocurrido que, mientras aguardo, el viento lanza murmullos suaves, voces bajas de una peregrinación fortuita de almas en pena que andan un camino interminable cuyo destino es la eternidad del infinito. No infunden miedo, sino compasión y acaso inspiran un rezo por su destino hasta que se alejan indiferentes, remetidos en sus dolores, pagando culpas de la vida que un día fue suya.
