Armando Martínez de la Rosa
Amigos insuperables
Los baches asaltan en la carretera, uno tras otro. Los hay breves y los hay de tamaño tal que cruzan el camino de lado a lado. Aquí se está extinguiendo el asfalto que colocaron hace dos o tres años. Mal puesto, infiero, porque duró el día y la víspera.
Más adelante, en el camino que varias veces al año recorremos, aparece un tramo de cientos de metros en que el asfalto ha sido retirado, raspado, para colocar carpeta nueva. Hará ya sus días o semanas, porque debajo de donde había baches hay ya otros nuevos. El trabajo quedó a medias, las máquinas están abandonadas a la vera de la carretera, sin nadie trabajando. Quizá la constructora suspendió las labores por no recibir el pago a tiempo ni a destiempo. Sólo supongo, porque a la gente que aquí debiera estar trabajando no se la llevaron los ovnis.
Así vamos mi compadre y padrino Cándido y yo a visitar a un gran amigo, compañero de caza, gran conversador, capaz de distinguir de madrugada tres pelos de venado pegados a un guijarrillo, indicador de por dónde transitó el ciervo sus últimos pasos.
Suponíamos que estaba enfermo porque alguien le informó a mi compadre que nuestro amigo no había sembrado este año. Lo encontramos cuando acababa de volver a su casa después de algunas labores en sus tierras. Nos alegró saber que está bien después de un año de cirugías, medicamentos, tratamientos y otras torturas por las que uno pasa para rescatar la salud. Larga la plática, finalmente nos despedimos.
El viaje hay que aprovecharlo también en menesteres cinegéticos. De ahí fuimos a inspeccionar potreros. Y en recorriendo brechas, por fin dimos con las huilotas en sesteo. Las encontramos en dos caminos. Las observamos y ubicamos los comederos. Para una futura tirada, sabemos dónde se encuentran las primeras de la temporada. Para evitar ir a ciegas, uno ha de investigar antes dónde están los cazaderos.
De regreso a Colima, llamamos a otro buen amigo, Lalo, que informado del hallazgo, se apunta a la segunda salida. Y otro excelente compañero no puede todavía retornar a los campos. También se recupera de dos cirugías. Ya saldrá y haremos partidas en grupo, el viejo grupo que alguna vez se desplazaba en dos o tres vehículos.
Los mejores amigos los he encontrado en la cacería. Unos desde la juventud; otros en la madurez, en lo alto de la vida. Son insuperables. Será que compartimos un modo de asumir el paso por el mundo o que apreciamos de manera similar una naturaleza siempre diferente a te pide leerla despacio. O será que la caza se disfruta mucho más en un pequeño conjunto de buenos cazadores cuyo buen humor es inmarcesible.
Bendita vida, bendita caza, bendito Dios.
