Teoría de las flores
Qué manera de decir tiene la tierra, qué manera de hablarnos
Su barro es a nuestras manos un equivalente de solo grana y agua
de la cual bebemos, pero también manamos y con ella sanamos
es nuestra desdicha el haber nacido hombres, no de barro
con suma obediencia la nostra patria no sucumbe si se le susurra al oído:
«Tú no morirás».
Decencia, dice la Iglesia; pan, dicen los hambrientos; agua, quienes tienen
sed.
De igual forma busca la tierra su tiempo de perdón, de disculpa, de redención
y no la tomaremos desprevenida, no la tomaremos más que a su hora
y su memoria, sus hijos, todos árboles, todos ríos, todo lagunas, no sucumbirán.
Es tiempo de hacerse como la planta, sin memoria, sin sueños,
solo con un plan de belleza que no discute con nadie, con nada, con la nada.
Porque eso, señoras y señores, es una flor: un espécimen sin memoria,
sin recuerdos, sin sueños, sin agonías y todo su pláceme está por hacerse al sol.
Aún recuerda cuando la convirtieron en cigarrillo, en humo, en café y la sorbieron
la bebieron, la edulcoraron, la convirtieron en todo aquello que nunca soñó ser: desmemoria.
Eso son las plantas y beben y comen y se alimentan del sol, del aire, del agua,
de nuestra sonrisa y son arrancadas sin piedad de la tierra, esa tierra
que solo hace mancharnos las manos, embarrarlas, hacerlas barro en nuestros dedos.
¿Qué fui hace un tiempo? Una flor. Y una flor nunca tiene sueños.
