Armando Martínez de la Rosa

Sabbath

Una semana antes, había tenido la suerte de abatir un venado grande, muy pesado, uno de esos machos difíciles de cazar porque han desarrollado un agudo sentido de la precaución.

Pensamos mi compadre Cándido y yo repetir la tirada en el mismo sitio, a donde 8 días atrás se había acercado otro gran macho que finalmente dio marcha atrás y al que yo había visto salir a trote ligero por la ladera cercana al puesto de mi compañero.

Luego de mi disparo, por la tarde, decidimos esperar unas horas por ver si un ciervo más acudía al aguaje que era el centro de nuestra estrategia. A eso de las 10, decidimos regresar.

Había llevado el ciervo desde unos 35 metros a cerca de mi puesto halándolo de las astas. Cuando mi compadre llegó, buscó en su mochila una cuerda para atarlo y arrastrarlo, pues no podríamos cargarlo ni entre ambos. Mientras él hurgaba en su mochila, yo recogía mis arreos y los colocaba en la mía, entre ellos un machete corto de Sayula que un buen amigo torero me había regalado. Buen acero, bien hecha el arma, funda de cuero viejo, había pertenecido a su abuelo y decidió que a mí me sería útil. Agradecí de corazón el gesto.

Mi compadre lazó al venado y se colocó la cuerda a la cintura para arrastrarlo. Atrás, ayudaba yo a desatorarlo de entre raíces, piedras, bejucos y tocones de aquel sitio lleno de sierrillas y magueyes bravos. Luego de una media hora, lo teníamos en la brecha para subirlo a la camioneta. Estaba ponchada una llanta. A la luz de las linternas, cambiamos el neumático y nos enfilamos al regreso. Pasamos por otro compañero que se había apostado más abajo y tenía un jabalí abatido.

Llegamos a la casa del rancho a copinar los bichos, cenar y dormir. Antes, llevamos a nuestro compañero a su casa en el pueblo, a unos 3 kilómetros. De regreso, la plática con Rafa, nuestro generoso anfitrión, se prolongó hasta las 3 de la madrugada. Con el venado y el jabalí cazados, ya no teníamos premura por dormir, pues al día siguiente ya no iríamos al cerro y podríamos descansar holgadamente.

De regreso en mi casa, al desempacar mis arreos de la mochila, me di cuenta de que no estaba el machete que mi amigo torero –Figura, le digo yo con estimación, como se les dice a los matadores destacados- me había regalado. Le llamé a mi compadre, por si había dejado el arma blanca en su camioneta. Nada.

-Lo tiré en el monte- le dije.

Cuando le conté a Armando, mi hijo, la jornada de caza y que pensábamos volver el siguiente fin de semana, por si quería acompañarme, me advirtió que el cazadero se había echado a perder porque arrastramos el venado y por la probabilidad de que se acercara un gato grande, un puma, un jaguar o un mojocuán. Le respondí que no creía tal.

Una semana después, al ascender, íbamos buscando el machete. Mi compadre lo encontró cerca de mi puesto, precisamente donde él había atado al ciervo abatido para arrastrarlo. Y halló también una bolsa con una gorra de malla de mosquitero suya que había tirado al sacar la soga de la mochila.

Observó el aguaje. -El agua está cristalina, compa. No han bajado a beber- me dijo.

-Mejor. Entonces, a huevo bajan hoy- respondí con optimismo.

Durante todo el día, el monte estuvo quieto. Salvo palomas barranqueñas que llegaban a beber, ningún otro bicho se acercó.

Quizá al oscurecer, pensamos ambos, como nos comentaríamos después.

A eso de las 8, mi compadre escuchó un ruido entre los matorrales. Hacia otro punto, oí otro y encendí la luz. Nada. El andar del bicho del lado de Cándido cesó -me diría más tarde-. Él prendió su linterna y pausadamente el animal dio vuelta y se alejó con sigilo.

Nos comunicamos por radio y decidimos retirarnos a las 11.

La plática en la casa del rancho versó sobre 2 posibilidades. Una, que el machete y la gorra impregnados con nuestros olores ahuyentaron a los venados a lo largo de la semana. La otra, que atraído por el olor del venado arrastrado la semana previa, un “tigre”, es decir, un puma o un jaguar, había merodeado y asustado a la fauna que se fue a otro lado. Y ese gato fue el que se le devolvió sigiloso a mi compadre, porque un ciervo lampareado habría salido de carrera y silbando.

¿Fueron el machete y la gorra la causa de la huida de los venados? Tal vez, pero ¿por qué también se asustaron otros bichos que no temen al humor humano? ¿Fue el gran gato, como lo había previsto Armando, mi hijo? ¿O una combinación de ambos factores?

Mi hipótesis es que fue el “tigre”, como llaman los campesinos a los grandes gatos de nuestras montañas.